12.5.09

Re-volver

En serio. Esta ciudad es una puta mierda.

Me dan arcadas cada vez que piso sus aceras y me cruzo con su gentuza por la calle. Puedo mirar a mi alrededor desde cualquier punto de Madrid y siempre veré a algún tullido pidiendo dinero. Puedo entrar en cualquier edificio y será igual de feo por dentro. Creo que en mis 18 años de vida sólo he podido encontrar una cosa positiva en la ciudad de la que nunca me he movido: chicas. Por lo general, son guapas, guarras y la chupan bastante bien. Bueno, claro que hay mujeres horribles paseando por la calle, pero hasta ésas tienen su técnica a la hora de encerar capullos.

Pienso todo esto porque, mientras miro boca abajo el perfil de mi asquerosa ciudad a través de la ventana lateral del asiento de mi coche, aparcado en uno de esos descampados sembrados de jeringuillas y cristales, una rubia lame las últimas gotas de semen que mi polla acaba de disparar a su boca. La chica, una tal Ingrid, es una de esas estudiantes de Erasmus que vienen a Madrid o a donde sea en busca de sexo, sexo y más sexo. Y yo, la verdad, no soy quién para decirle que no.

Una vez termina de rebañarme el meato con su lengua, farfulla algo en alemán, a lo que le contesto que sí, que por qué no nos salimos del coche a fumar algo. Reptamos como babosas hasta los asientos delanteros, abrimos las puertas y sentimos el fresco aire otoñal de la madrugada cortándonos los ojos.

Joder, lo necesitaba.

Ingrid mete mano en su bolso y extrae de él los ingredientes necesarios para liarse un porro, mientras yo enciendo un cigarrillo normal. No hablamos. Ella está demasiado ocupada quemando la china con la inexperiencia de una chica que sólo fuma mierda cuando está de vacaciones o, lo que es casi lo mismo, de Erasmus.

Ya he terminado mi cigarrillo cuando ella se lleva el porro a la boca, y entro en el coche para encender el motor al tiempo que da su primera calada. Justo cuando Ingrid acerca por segunda vez la marihuana a sus labios, arranco el coche y ella, que está apoyada en el lateral del mismo, se cae de culo sobre un charco cuando acelero. Me río tan fuerte que casi hago enmudecer al motor. Por el retrovisor observo su cara de sorpresa, que se torna indignación, rabia y luego ira a medida que me voy alejando del descampado, abandonándola a su puta suerte.

Antes de incorporarme a la carretera, advierto que sus bragas se encuentran en el asiento del acompañante y las tiro por la ventana, no vaya a ser que pase frío con esa falda tan corta.

Acelero, ya sobre el asfalto, y pongo algo de música mientras esbozo una sonrisa torcida cargada de mala hostia al pensar cómo coño se las va a apañar esa alemana para volver a su residencia de estudiantes. Cualquiera que me viese podría pensar que soy un hijo de la gran puta por dejar tirada de esa forma a una pobre chica. Nada de eso. En realidad ella se lo ha buscado al manchar mi coche con su repugnante sangre menstrual. Si me hubiese avisado, no habría pasado nada; todo se habría solucionado con una toalla. Pero no. Ella tenía que joderme el coche.

Y con un Mustang no se juega. Creo que se lo he dejado bien claro. Lo cierto es que me sorprendo a mí mismo en estas situaciones, inimaginables hace tan sólo unos pocos meses. Desde aquella noche, mi vida cambió un huevo.

A mejor, claro.

26.2.09

Cliché

Esta noche quiero ser un cliché: me apetece follar.

15.1.09

Desierto 7

Ritmos marciales. Un ejército pisoteando mi cráneo. Disparos. Más disparos. Me cago en los poantalones. Un pelotón del ejército rojo me fusila, pasa por encima de mi cadáver y da de comer con mis restos a una manada de dingos.

Despierta.

Me levanto nervioso y me doy con el techo del coche el la cabeza. Joder, sólo era una puta pesadilla. Estoy empapado en sudor, y no me extraña. Apenas hay oxígeno aquí dentro. Salgo rápidamente del Mustang y respiro un aire helado que me congela los pulmones. Decido calentarlos con el humo de un cigarrillo, pero no me sienta muybien. Al cabo de un par de caladas, me baja todo al estómago y me mareo un poco, pero el aire fresco me ayuda a no vomitar.

Estoy prácticamente a oscuras en este aparcamiento improvisado en mitad del desierto. Apenas hay una docena de borrachos a mi alrededor, bañados por las luces de posición de sus respectivos vehículos, y de fondo se escuchan los bajos del schranz, retumbando para miles de idiotas a tan sólo un kilómetro de aquí.

No me apetece ir todavía. Abro la puerta del conductor, pongo las llaves en el contacto y meto una cinta en el reproductor con canciones viejas de los Rolling Stones. Sticky Fingers en la cara A, Let It Bleed en la B. Me decanto por la B, y escucho el final de Gimme Shelter. Mientras las canciones se suceden, doy un trago tras otro a mi botella de Four Roses hasta terminarla.

13.1.09

The Wall

A lo largo de estos últimos meses mi cerebro ha edificado un jodido muro de contención para mantener a Eva a raya, no vaya aser que vuelva a empapar mis neuronas y me haga actuar como un gilipollas. No, joder, todo menos eso. Y pensar que era el puto amo hace tansolo un par de meses... Me follaba a la putita que me diese la gana hasta que me obsesioné con la gilipollas de Eva, que ni siquiera me cae bien. Zorran He llegado a estar realmente mal por su puta culpa. ¿Y todo para qué? Para nada. Me cago en la hostia. Pero eso está a punto de cambiar. Tengo nuevas aspiraciones, y mi mente trabaja en otras cosas. Definitivamente, el muro de contención está surtiendo efecto. Últimamente sólo tengo ojos para otra putita.

Voy a por ti, Frank.

12.1.09

Vómito

La verdad es que no se puede decir que Laura sea guapa del todo, pero tiene algo. Sus ojos son pequeños y separados. Sus labios demasiado finos. La nariz chata. Pero tiene un pelo increíble. Largo, rubio y con un corte perfecto. Es delgada, no muy alta y con bastante pecho para su peso. Tiene un culo perfecto.

Lástima que sea una completa gilipollas.

Laura, esa amiga ahora-sí-ahora-no de Eva. Ahora no. Está hablando conmigo, tal vez para dar por culo a Eva, y empieza a flirtear conmigo sin mucha gana, sólo para que la vean. Sin embargo, ella no se espera que yo le entre hasta la cocina. Encuentro la luz verde. Es la hora de irse a comer y yo le propongo comerme el cipote en mi casa. Mis padres están demasiado ocupados intentando ponerse los cuernos el uno al otro, así que muchas veces olvidan que tienen un hijo y, a la vez, una casa solitaria.

Pueden pasar muchas cosas.

No sé qué motivos llevan a Laura a querer acompañarme a mi casa para que se la meta, pero tampoco me importan mucho. Nunca está de más apuntarse un tanto. Mientras subimos en el ascensor, nos besamos por prinera vez, de forma húmeda y pegajosa, mientras ella aprovecha para acariciar mi entrepierna con su mano derecha.

Cachonda.

Abro la puerta principal y me dirijo con ella a la habitación de mis padres. Es más fea que la mía, pero la cama es más grande. Nos tumbamos y empezamos a retozar. Pulso de lenguas. Besos en la oreja. Sexo con la ropa puesta. Manos bajo su camiseta. Su mano en mi bragueta. Abre la bragueta.

Bingo.

Tras cinco o seis minutos frotando mi pene arriba y abajo en un acto más conocido como hacer una paja, Laura baja al pilón. Echa su aliento sobre mi glande como si quisiera empañar un cristal y se pone labios a la obra. Yo, por mi parte, me quito la camiseta para sentir su suave pelo bailando por mi vientre y me relajo, entrelazando las manos y colocándolas bajo mi nuca. Laura chupa y chupa, aunque he de decir que no con la habilidad que yo esperaba. No es la primera tranca que se mete en la boca, dede luego, pero tampoco es una gran feladora. Aún así, lentamente me va conduciendo hacia el orgasmo, mientras pienso que una buena mamada puede llegar a ser, a veces, mejor que un polvo.

Laura no me ha pedido que le avise, y no lo pienso hacer. Haberlo preguntado.

Llega el momento, y todos los músculos de mi cuerpo se tensan, haciéndome cerrar los ojos y proferir un gruñido de satisfacción grave, profundo. Entonces, Laura se enfrenta a lo inesperado, saboreando en su paladar a los hijos que yo nunca tendré y claro, eso es demasiado para una chica de instituto: vomita sobre mi vientre desnudo semen, los restos de una palmera de chocolate, un Red Bull y jugos gástricos varios.

Fuera de mi casa.

4.1.09

Otra

Los escritores, cuando se fotografían, intentan parecer inteligentes: ojos achinados, mano en la barbilla, mirada clavada en el horizonte... Menuda panda de gilipollas. Como si estuviesen meditando a todas horas. Me gustaría ver una foto de Marcel Proust limpiándose la mierda de una bota, o la cara de Pere Gimferrer mientras se hace una paja. Ellos también son humanos, aunque se esfuercen en no parecerlo.

Tiro el libro de literatura al suelo y miro por la ventana. Para estar a finales de Enero, hace un sol de cojones. Bajo la persiana. Mi habitación en penumbra es el rincón más apacible del planeta, y más aún con lago de música suave de fondo. Me apetece escuchar el disco de Eva.

Otra vez.

Me apetece reacordarla otra vez.

24.12.08

Desierto 6

Curioso.

Ahora que me encuentro en el asiento trasero del Mustang, mientras me quito las zapatillas y me coloco en posición fetal, caigo en la cuenta de que, por muy bajo que caiga, siempre surge algún motivo que me obliga a levantarme y a sacar la cabeza del puto agujero en el que esté a punto de asfixiarme.

¿Será el miedo a la muerte lo que me obliga a seguir adelante y a no cortarme las venas bajo el agua caliente del grifo de mi lavabo? Inconscientemente, es muy probable que sí. Inconscientemente, pasan muchas cosas asquerosas. Inconscientemente, me duermo pensando en todo esto.

Y claro, tengo pesadillas.